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  • Arq. Ricardo Dan Díaz

El podio.

La práctica profesional tiene muchas grandes ventajas además de la obvia; la económica pues. Para mí, una de las situaciones que más se disfrutan, es la de tener ocasión de conocer otros profesionales con ideas sólidas y meditadas. Así, con pláticas casuales, recabamos los pequeños bocadillos de sabiduría que los interlocutores lanzan espontáneamente. Supongo que de ahí salen las frases célebres con las que se recordará a los Arquitectos más paradigmáticos. “Menos es más” de Mies Van der Rohe, seguramente fue un agudo pero aleatorio y cotidiano comentario en alguna plática entre cuates, que a alguno tocó sobremanera y éste se dió a la exitosa tarea de difundir y perpetrar ese pensamiento tan hoy axial de la vertiente minimalista en el diseño arquitectónico contemporáneo internacional.

Un personaje salpimentoso, sabio y muy arquitecto, es el Arquitecto Luis Fernández de Ortega, con quien he tenido el enorme gusto de hablar en más de una ocasión. De él he aprendido grandes frases, pero la que quiero remarcar hoy es “El Lobby es la corbata del edificio”.

El Lobby. El espacio asimilable por la escala del transeúnte es perceptible por 4 de los 5 sentidos, si alguien llegara a lamer un vidrio, pues serían los 5, pero ni siquiera yo estoy tan enfermo. Pero el lobby nos resguarda de lluvias, calores, fríos, ruido de calle, rudeza de la banqueta y el tráfico. Nos recibe como un atrio de una iglesia, dejándonos sentir importantes por ser parte del quehacer del edificio al que estamos por consultar la elegibilidad de nuestro acceso. Pero este ángulo es muy arquitectónico.

La fachada del Lobby es de la ciudad, es del peatón, es del indigente, del vendedor, del empleado, del emprendedor. Es del agente de tránsito lo mismo que del CEO que desciende de su Porsche y entra al proscenio para tomar un respiro alentador antes de salir a escena.

A partir del piso que rebasa la altura promedio de la calle, la fachada del edificio casi siempre se vuelve ruido urbano. Destacará por alguna que otra cosa, pero se disfruta por el conjunto de fachadas que conforman un skyline. No así los lobbies. Los vidrios de 12 m de alto, las costillas de vidrio polilaminado, los mullions de acero estilizado, el shoe-glass que hace levitar esos paños de vidrio. Las escalinatas, los totems, las esculturas. El lobby es la única parte del edificio que el transeúnte podrá vivir plenamente aunque jamás éste entrara al corporativo de la fábrica de pizzas que ahí tiene sus oficinas. Podremos ver para adentro y aspirar a pertenecer a ese edificio aunque sea un instante. Es la parte que los invidentes perciben como ciudad, pues es la que pueden tocar, es la que será graffiteada, manchada y así, la ciudad la asimila o la rechaza.

La fachada de un lobby se aprecia a una velocidad importantemente diferente que la del resto del edificio. Mientras que la del piso 50 es monumental por su altura y su grandeza, en realidad se percibe mejor desde cierta distancia, en un contexto muy amplio y poco detallado, que casi siempre conlleva cierta velocidad vehicular. El lobby, en cambio, se disfruta mientras se habla por teléfono, mientras se está detenido en el tráfico, mientras se camina en una ruta repetitiva, tomado de la mano de la pareja o sosteniendo la correa de la mascota, y el lobby nos vuelve amigable, elegante o repelente y defensivo el camino.

Muchas veces se escatima el presupuesto y se sacrifica el diseño esta parte del edificio porque pues, siendo realistas, la arquitectura, como toda actividad comercial ha de ser rentable. Pero creo que es mejor inversión para diferenciar un edificio, hacer un lobby distintivo, que un piso típico pretencioso.


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