Pruebas de hermeticidad: probar para que no falle

Pruebas de hermeticidad: probar para que no falle.
Todo lo que se debe de pensar antes de realizar una prueba de hermeticidad.
Hay una idea que tenemos que dejar bien clara desde el principio: hacer una prueba de hermeticidad no significa que queramos que la fachada falle. De hecho, es todo lo contrario.
Cuando hacemos una prueba en campo, no estamos solo esperando que aparezca una gotera para poder decir, “Se los dije”. A nosotros no nos conviene que la prueba falle, de hecho, nuestra intención es mucho más sencilla —y mucho más importante. Comprobar que la fachada está haciendo correctamente aquello para lo que fue diseñada.
Una fachada no está ahí únicamente para verse bien. Es lo que separa el interior del edificio del exterior y, entre muchas otras cosas, debe controlar el paso de agua y aire. Cuando esa envolvente pierde hermeticidad, el problema no necesariamente se queda en una pequeña filtración. Puede traducirse en deterioro de materiales, afectaciones, problemas de confort y, desde una perspectiva bioclimática, en un edificio que necesita consumir más energía de la necesaria para mantenerse en condiciones adecuadas.
Por eso, cuando hablamos de pruebas de hermeticidad, hablamos también de eficiencia energética y desempeño bioclimático. El chiste de algo hermético es que este lo suficientemente cerrado como para impedir el paso no deseado de aire, agua, humedad u otros elementos de este estilo. Que lo que quieres que se quede afuera, no pase. En una fachada, esto significa que la envolvente debe controlar qué entra, qué sale y por dónde lo hace.
Para evaluar esto existen métodos estandarizados y, en campo, hay tres que utilizamos para realizar este tipo de pruebas: ASTM E1105, ASTM E783 y AAMA 501.2. Cada una tiene una metodología particular, ya sean de agua o de aire, pero todas parten con la intención de poner a prueba el desempeño real de la fachada instalada en el edificio.
Por eso las pruebas de campo son tan importantes, porque son las que nos permiten observar algo que el laboratorio no puede reproducir completamente, que es cómo quedó instalado un sistema en un edificio, por un grupo particular de personas, con condiciones específicas de obra y con todos los pequeños detalles que inevitablemente aparecen cuando el proyecto deja de ser un dibujo y se convierte en una construcción. Porque una cosa es diseñar una fachada perfectamente hermética y otra, bastante más artesanal, es conseguir que miles de metros cuadrados de esa fachada queden exactamente así en obra.
Y para saberlo, primero hay que ir a ver qué tenemos enfrente.

Scouting: antes de probar, hay que mirar
Antes de montar una cámara o empezar a rociar agua, hay un paso que puede parecer poco innecesario, pero que probablemente sea uno de los más importantes: el scouting.
Nos referimos al reconocimiento previo de la fachada y del sitio. Aquí se juntan dos cosas que en obra nunca deberían separarse: el análisis técnico y la logística.
Desde el punto de vista técnico, hay que entender cómo está construida la fachada y, sobre todo, dónde están sus puntos potencialmente vulnerables. Revisamos juntas, anclajes, sellos, drenes, cambios de geometría y las diferentes interacciones entre sistemas. No porque necesariamente estén mal. Simplemente porque sabemos que ahí es donde puede que se presente una complejidad.
Un sello, por ejemplo, puede estar presente, pero tener una discontinuidad. La fachada está llena de estos pequeños encuentros. Funciona como sistema, porque precisamente todos esos encuentros encajan juntos. Por eso el scouting no consiste simplemente en caminar alrededor del edificio y decir “se ve bien”. Consiste en empezar a construir una hipótesis de cómo debería comportarse la fachada y dónde conviene comprobarlo.
Eso viene con la segunda parte, igual de importante en el proceso: la logística.
Podemos tener perfectamente definido qué queremos probar y aun así descubrir, cinco minutos antes de comenzar, que hay un problema que no se nos fue comunicado, como lo puede ser la falta de agua. Y sí, el agua puede convertirse en uno de los recursos más complicados de conseguir en una obra.
También necesitamos electricidad para operar los equipos y mantener las condiciones de presión necesarias. Hay que revisar accesos, alturas, plataformas, áreas de montaje, dimensiones de la cámara de vacío y si ésta puede instalarse completa o tendrá que dividirse. En algunos casos será necesario conseguir equipo adicional y hacerlo con la suficiente anticipación para no convertir una prueba de una mañana en una expedición de todo el día.
La norma es la misma. La obra no.
Ahí está buena parte del trabajo que ocurre detrás de escena. La prueba física puede durar relativamente poco, pero para que esos minutos funcionen correctamente hay que haber pensado previamente en todo lo que puede salir mal.

Al final, hacer una prueba de hermeticidad no es buscar que la fachada falle. Es comprobar que lo que está haciendo, lo hace bien.
Si encontramos una falla durante la prueba, todavía estamos a tiempo de entenderla, corregirla y evitar que se convierta en una filtración, un deterioro o un problema mucho más costoso. Eso es lo que queremos con la prueba de hermeticidad: probar para que no falle. Y no se trata únicamente de mantener el agua afuera. Una fachada hermética también ayuda a conservar las condiciones interiores, y, por lo tanto, mejorar el desempeño del edificio.
Porque una buena prueba no debería terminar con un “encontramos una falla”. Idealmente debería terminar con algo mucho más sencillo: La fachada funciona.




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